domingo, 17 de enero de 2010

LUIS FEÁS COSTILLA: VALLINA, RETALES DE COLORES

LA VOZ DE ASTURIAS, 27/03/09

Consuelo Vallina ha redescubierto el placer de pintar, no sólo de impregnar el pigmento sino de manchar, extender, opacar y velar sobre el lienzo como lo hacía en sus orígenes.

Tras casi veinticinco años de utilizar el algodón como soporte exclusivo de sus composiciones abstractas, en plano o con volumen, pero siempre imprimiendo un fuerte condicionante que acercaba su obra a la manufactura, a la condensación matérica, a las ataduras plásticas, la curtida pintora ovetense se ha soltado y ha recuperado la alegría del lienzo en blanco, la construcción paulatina, la superposición de capas de pintura, la sensación de crear desde la nada.


No olvida por ello lo que son sus credenciales, el uso del collage, los papeles pintados, la estructuración rítmica de innegables connotaciones étnicas y tribales, los colores vivos de enorme vitalidad, siempre dentro de una militante filiación abstracta que, además de en los cerca de veinte cuadros expuestos en la galería Gema Llamazares de Gijón, se manifiesta también en sus flamantes cerámicas, de tonos muy difíciles de conseguir y una interesante veracidad telúrica, casi primitiva, en cuencos que recogen todas sus particularidades formales.

LUIS FEÁS COSTILLA: LUCES Y FORMAS DE CONSUELO VALLINA

PUBLICADO EN LA VOZ DE ASTURIAS, 20/01/06.

Consuelo Vallina hace una pintura de luces sin sombras, protagonizada por intensos colores impregnados sobre algodón teñido que la vuelven perfectamente reconocible, dentro de una abstracción lírica y sensible que, no por casualidad, ha sido hecha por una mujer libre y reivindicativa, una de las pioneras en Asturias de la abstracción femenina, es decir, realizada por féminas, que nadie piense otra cosa.

Consuelo Vallina comenzó a destacar a principios de los ochenta haciendo tapices que, por las propias inquietudes de la artista y su afán de investigación, eran casi pinturas o en ocasiones adquirían un aspecto casi escultórico o tridimensional, según fueran presentados.

A la artista ovetense siempre le ha gustado moverse en la frontera, en el borde, en el estrecho territorio que separa lo artesanal de lo creativo, lo que siempre se ha considerado artístico de lo que parece más bien decorativo o reservado al ámbito de lo femenino, pues es ahí, en el dobladillo, donde encuentra la tela con la que urde su trabajo, el tejido de ideas del que entresaca su obra, el hilo fino del que tirando extrae un ovillo impoluto.


En la obra de Consuelo Vallina no importa tanto lo que se dice como la forma en que se dice, que en los últimos años parece haberse decantado definitivamente hacia lo pictórico, con una dicción muy particular. Ella misma se prepara los soportes rugosos de fibra de algodón, que tiñe con llamativos pigmentos violetas, granates, naranjas o amarillos que le sirven para estructurar campos de color sobre los que trabajar.

Al principio los colores quedaban simplemente expuestos, sin más, pero ahora la artista ha empezado a entretejer sobre ellos signos enigmáticos que constituyen la principal novedad de su obra reciente, que es la que se muestra en estos días en la galería Gema Llamazares de Gijón tras haber pasado el año anterior por la galería italiana Venezia Viva. Son como recuerdos de África, traídos a colación pertinentemente por una artista curiosa, viajera, que hunde sus raíces en Asturias pero expande sus ramas a todo el mundo.

Pattern painting

Como escribe Whitney Chadwick, el feminismo en las artes brotó en los movimientos feministas contemporáneos, es decir, de los últimos treinta y cinco años. Sus primeras investigaciones estaban estrechamente ligadas a la metodología social y política del feminismo, por lo que los primeros análisis centraron una nueva atención en la obra de notables mujeres artistas y en su relación con la elaboración por parte de las mujeres de productos domésticos y utilitarios.

Así mismo revelaron la manera negativa en que las mujeres y sus producciones han sido presentadas en relación con la creatividad y la alta cultura: demostraron que las oposiciones binarias del pensamiento patriarcal, hombre/mujer, naturaleza/cultura, análisis/intuición, se han ido aplicando una por una a la historia del arte, y se han utilizado para reforzar las diferencias sexuales o de género como base de las valoraciones estéticas.

Las cualidades tradicionalmente asociadas a lo femenino, como lo decorativo, lo precioso o lo sentimental, han servido para ofrecer, por oposición, el rasero con que medir el arte elevado, es decir, masculino. Sin embargo, hace ya tiempo que nos hemos salido de esa trampa dialéctica y afortunadamente ya son apreciados desde hace tiempo los trabajos de la feminidad, que han sido justamente reivindicados en el único campo que podría considerarse objetivo, como es el artístico.

Los críticos han señalado con acierto la relación de la obra de Consuelo Vallina con la corriente surgida a finales de los años setenta que se bautizó con el nombre de pattern painting, integrada por mujeres que apostaron decididamente por lo ornamental y se propusieron la recuperación de elementos decorativos de carácter popular, como los quimonos japoneses, los azulejos mejicanos, la cerámica oriental o los motivos africanos.

RUBÉN SUÁREZ: UNA ARMONICA SONORIDAD DEL COLOR

Publicado en el periódico La Nueva España, febrero 2006

A mediados de los años setenta, surgió en Nueva York una de las muchas minitendencias a las que dio lugar el eclecticismo imperante, bastantes ellas referidas a la condición femenina, y que fue llamada Pattern-Painting o Patern Decoración, un estilo pictórico inspirado en las técnicas, motivos y formas decorativas de civilizaciones de tradición artesana popular realizadas sobre tejidos y caracterizados por la intensidad y exuberancia del color y la complejidad del dibujo, de inspiración floral, o a menudo abstracto, islámico, celtas, hindú, etcétera.

 Quiso ser una reivindicación de lo decorativo tradicional en el arte contemporáneo y a menudo se significaba por la reiteración del dibujo, de ahí el “pattern” patrón, estructura de repetición. A primera vista podría tener uno la tentación de adscribir la obra de Consuelo Vallina a dicha tendencia, por los signos y el color de su obra, y con mas razón si recordamos los trabajos que la situaron entre las artistas españolas que utilizaban materias textiles en el diseño y creación de tapices, su dedicación a la investigación sobre teñidos y manipulación de soportes en la búsqueda de valores texturales y que, aún ahora, realiza sus pinturas son fibra de algodón.


Sin embargo, ya advertía en la exposición que realizó en el Museo Evaristo Valle de Gijón en 1997, que Consuelo Vallina había decidido dar todo el protagonismo de su obra a la pintura como tal, a los valores del color y la forma sobre la materia. Y ahora podemos comprobar que, definitivamente, esta obra se sitúa más en relación con tendencias como el fauvismo matissiano o el expresionismo abstracto que con las populares artes folk artesanales.

De hecho, y aunque no tengan con ellos un parecido real, los dibujos de Consuelo Vallina nos pueden recordar los motivos de Matisse en los manteles de sus bodegones, la blusa rumana o los pantalones rojos de su odalisca, antes que de algún bordado oriental. Pero lo que proporciona a la obra su entidad pictórica es la distribución de los campos de color.

Sus relaciones son las que proporcionan la medida del espacio y deciden la composición, por debajo de los acentos gráficos, esos signos que dan algunas de estas pinturas aspecto como de fragmentos de antiguas arquitecturas. Es el color el protagonista final de esta exposición, los colores que parecen acordar su sonoridad ambiental, pese a ser muy diversos. Y como el color es hijo de la luz, tiene mucho sentido que sea precisamente “Luces” el título de la muestra.

jueves, 31 de diciembre de 2009